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AMOR CORRESPONDIDO
EL EXTRANJERO
YA NO SE DIVIERTE
NOCHE DE SAN JUAN

EL ENTIERRO

 

AMOR CORRESPONDIDO 

            He llegado al límite de mi aguante. Traté de olvidarte buscando a quien pudiera sustituirte, pero ha sido imposible, ella mas bien me obliga a odiosas comparaciones que me hacen sufrir pensando en todo lo que he perdido.

            Recuerdo bien lo que me costó acercarme a ti. Te veía a través de los cristales del escaparate de tu tienda… tan bella, tan sensual. Me parecías inaccesible y pensaba que tenías que tener tantos pretendientes que yo no podría aspirar ni a un espacio en tu vida.

            Un día decidí averiguar sobre ti, se me iluminó el mundo. Me dijeron que a pesar de tu belleza y tu atrevida apariencia no habías tenido nunca un amante y que eras tan discreta como atractiva. Por fin, me atreví a conocerte. Teníamos que estar hechos el uno para el otro, ya que ese mismo día fue como si nos conocíeramos de toda la vida y nos hicimos amantes.

            ¡Qué días de pasión aquellos! Tú me enseñaste de mí mismo facetas que jamás había conocido, y con qué gusto te amoldabas a todos mis caprichos.

            Viví esos días con la única ilusión de encontrarte en casa, siempre dispuesta a darme tu amor, y siempre satisfecha con el que yo te daba.

             No sé cómo pasó, pero de pronto, empezaste a cambiar, noté que algo te faltaba.Tú, que nunca me habías exigido nada, te quedabas después de amarnos como si no tuvieras ya interés en mí, sin ganas, como dormida y sin fuerzas, la turgencia de tu cuerpo, que tanto me excitaba,  había desaparecido, y hasta en tu expresión se notaba desprecio. Heriste mi tonto orgullo, y te aparté de mí sin esperar a ver tus razones.

             Entonces apareció Margarita.

            Ella fue al  principio un refugio para mi desconsuelo. No le comenté tu existencia y se esforzaba en saciar mi necesidad de amor. Pero no era lo mismo. Tú y yo nos conocíamos de veras y para nosotros no quedaba nada oculto en el sexo, nunca te asombrabas, ni negabas a nada, y disfrutabas tanto como yo de nuestros descubrimientos. Es verdad, nunca hablabamos de ello, pero tu expresión cuando haciamos el amor dejaba ver que compartías mi pasión.

            Margarita es distinta, a ella he tenido que enseñarle desde el principio a entregarse, a dejarse amar como tú lo hacías. Y no se conforma con ello. Después de una noche de amor desenfrenado, ¿Qué más tú me pedías!, ella se levanta pensando en viajes, televisores, ropa nueva, tonterías. A veces siento que hace el amor por complacerme, como por concederme caprichos y no le veo la expresión satisfecha que a ti te veía.

            Definitivamente me tiene loco con sus exigencias, cada día me hace más falta tu amor y ahora sé que debo luchar para recuperarlo.

           

Conozco tu timidez para con los extraños, eso siempre me ha gustado de ti, yo también soy tímido y me costará buscar a quien nos ayude, pero no podemos seguir así, tú, escondida de mí como si te hubiera repudiado, y yo, mientras tanto, añorandote día tras día.

            En la esquina de esta calle hay un taller en que reparan bicicletas, no te avergüences, son profesionales, te tratarán como a una muñeca…

           Esta tarde iremos, cuando no haya mucha gente, y seguramente ellos sabrán  ponerte un parche que te devuelva la lozanía.

            Así volveremos a querernos como antes y… ¡adiós Margarita!

Justo Guerrero

 

EL EXTRANJERO

            Aquél pueblo había quedado olvidado tras la guerra, cuarenta años después de terminada, todavía se conservaba igual que aquél día en que entró a caballo el cartero dando voces: ¡Ganamos, ganamos, terminó la guerra!

            Allí poco la habían sufrido, al principio de los enfrentamientos se decantó la mayoría del pueblo por los sublevados, que al final habían ganado, y los pocos que se opusieron hubieron de huir, ya que no les dejaron ni esconderse por temor a que les alcanzara de lleno la guerra. Así que había transcurrido el tiempo sin muchos resquemores y sólo algunas familias guardaban en silencio la tristeza por la añoranza de aquellos que hace tanto se habían ido.

            De no muchas casas, pero si señoriales, y rodeado de prósperas fincas que se dedicaban mayormente a la cría de ganado, Vega de Alonso, que así se llamaba el pueblo, recibía muy pocas visitas, ya que los propietarios eran los que viajaban para hacer sus transacciones y el pueblo tenía un comercio y vida social volcada hacia si mismo. Por eso extrañó tanto que viniera aquel abogado de la capital ofreciendo tanto dinero por mansiones y fincas. Decía que representaba a un inversor extranjero interesado en retirarse a un lugar tranquilo.

            En el club de la plaza mayor la conversación giró varias semanas sobre el tema, los mayores rehusaron, claro, vender sus propiedades, pero varias familias más jóvenes aceptaron las generosas ofertas como la oportunidad para mudarse a las grandes ciudades. Cuando se hubieron concretado varios negocios, el abogado anunció la próxima llegada del extranjero.

            Las charlas de los notables del pueblo se volvieron más ansiosas, el nuevo vecino había logrado hacerse con gran parte de las mayores fincas y hasta la casa del  hermano menor del alcalde, que era una gran mansión en plena plaza, al lado del Ayuntamiento, era ahora del extranjero. El Alcalde no ocultaba su disgusto por la decisión de su hermano: - ¡Era legado de mi padre! ¡si levantara la cabeza! – vociferaba.

            Juanjo, todos le llamaban así, había sido alcalde desde el comienzo de la guerra, por decisión unánime de todo el pueblo, a raiz de que su padre, entonces la mayor  autoridad, se uniera a la rebelión, muriendo luego en combate. Alonso, su padre, había sido el fundador del pueblo y era la suya la familia más rica de la vega.

            Llegó el día tan esperado. Una comitiva de coches muy formales entró una mañana en la plaza y de ellos bajaron señores y empleados, discretamente y sin mirar hacia ningún lado entraron en la mansión que el abogado habia comprado.

           Al día siguiente, los vecinos convencieron a Juanjo de que fuera a dar la bienvenida al extranjero. Esperaban ansiosos en el club a que les contara sus impresiones, cuando por la ventana le vieron salir de la mansión, dirigirse al Ayuntamiento y al rato salir, montarse en su coche y tomar el camino hacia la carretera.

           No tuvieron ninguna explicación hasta que al día siguiente el extranjero se presentó en el club. Todos le vieron entrar reflejado en el gran espejo al fondo de la sala; era como si estuvieran viendo a Juanjo, más viejo.

           Alonso explicó que él quiso combatir a los sublevados, pero sus hijos, por ambiciosos y pusilánimes como la mayoría de sus vecinos, le habían amenazado con retenerlo y entregarlo a  los rebeldes si no se escapaba. Él, hombre de recursos, huyó a un país floreciente donde había amasado la fortuna que le permitía ahora volver a su casa. No quería volver a ostentar ningún cargo, el pueblo no se lo merecía, pero si pasar el resto de sus días en los lugares que por derecho le pertenecían. No había pedido ninguna explicación a su hijo, pero dijo que él había decidido marcharse por lo que consideraba  una vergüenza.

            En esos días ya las cosas habían cambiado mucho, y a todo el pueblo le pareció también una vergüenza, así que muchos antiguos vecinos decidieron también irse y Vega de Alonso, con los nuevos que llegaron, siguió siendo aquél pueblito un poco olvidado, pero muchas de las tristezas que guardaba encontraron por fin un silencio mucho más confortado.   

                                                                                        Justo Guerrero

YA NO SE DIVIERTE

     No, no me remuerde la conciencia, ni tampoco me han entrado ganas de pagar por mi culpa. Simplemente me voy a mudar muy lejos y quiero que los demás sepan que yo ayudé a acabar con ese fastidio.

     Aquel viejo nos tenía hartos a todos los vecinos. Salía todas las mañanas con aquel perro obeso, de un color parduzco indefinido y lógicamente con la misma expresión huraña y estúpida que su dueño. Lo llevaba amarrado, sí, y bien sujeto a su muñeca; pero cada vez que el perro saltaba ladrando, hacia cualquiera que viera a menos de diez metros, el desagradable anciano daba todavía tres o cuatro pasos antes de frenar al animal, como para decir: - mira que si no lo paro… te come vivo.

     Yo veía  como asustaba a los niños, a las señoras que venían de la compra, a todos los que se encontraba… pero claro, lo que no aguantaba es que me asustara a mí. Cada mañana, a pesar de yo estar ya prevenido, coincidía mi salida al trabajo con la llegada del infame vecino a la puerta de mi casa, e, invariablemente, el perro me sobresaltaba. Nunca llegó a acercárseme demasiado, pero me irritaba terriblemente la risita del viejo y su: - “¡que lo llevo amarrao! ¡no se asuste!”

     El inefable vecino vivía en unas escaleras a media cuadra de mi casa, unos veinte escalones más arriba de la acera, yo ya le había visto bajar con cuidado hasta la calle, que era donde él encontraba su motivo de diversión todos los días – asustar a los pobres transeúntes con su energúmeno perro – así que no me fue difícil suponer qué pasaría si un día cayera por esas escaleras.

     Lo demás es fácil de imaginar. Harto ya de sobresaltos decidí darle yo a él uno.

     El día del fatal accidente simplemente salí de casa un poco más temprano, el viejo supongo que estaría mirando su reloj, para ajustarse a mi salida y cumplir con el ritual de reirse un poco de mí. Me detuve a un lado del final de la escalera, tras la esquina de la casa contigua y esperé. ¡Qué puntualidad! Oí la puerta de su casa justo cuando yo debería estarme preparando para salir por la mía, conté… uno…, dos…, tres pasos, y me asomé de repente. El perro no titubeó, saltó hacia abajo tomando al viejo completamente desprevenido. Alcancé a ver su mirada de indignación un instante y aterrada después, mientras caía tras su perro dando volteretas por la escalera. No esperé a que llegara abajo, seguí caminando hacia mi puerta y vi como el perro, que intentaba seguirme, quedaba anclado al peso muerto de su amo.

     Frente a mi puerta me volví, ya había gente que se acercaba y yo también lo hice.  
     Los comentarios eran todos parecidos: - ¡No se acerquen! - ¡Puede estar rabioso! - ¿Cómo podía llevar ese perro? – ¡Por eso le pasó!

     Lo cierto es que sí, por eso le pasó.  

                                                                  Justo Guerrero

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Noche de San Juan

En Barlovento nunca sabes si el calor está afuera o te sale de adentro, es un calor total, que forma parte de las gentes, del aire, de las piedras... como si todo fuera una misma cosa. Levantas una mano y lo palpas, te sale en el aliento, lo sientes en cualquier abrazo.

Pero aquella noche era singular, era la noche de San Juan y el aire quemaba. Habíamos cerrado la calle principal para bailar tambor, un pipote lleno de ramas ardiendo en cada esquina alumbraba la fiesta. En el suelo había charcos de sudor mezclado con aguardiente y todo el mundo bailaba con su propia sombra, que lo hacía por su cuenta gracias a la magia que le brindaban las llamas.

Yo me desahogaba dándole palos al mina y sin quitarle ojo a una hermosa negra que se contoneaba alrededor como si volara. La negra a veces me miraba y sonreia, entonces me hacía perder el ritmo y se reia. En una de sus vueltas me pasó por detrás y la oí decir "dale más duro flaco", bastó para que se me rompiera el palo y saliera la mitad volando, un chamo me paso otro enseguida, pero yo ya no estaba para tambores, entregué los palos al que tenía al lado y me puse a zapatear alrededor de la negra.

La negra en San JuanEso animó a otros varones a formar corro y temí que se me perdiera, así que tomándola de la mano le dije: "ven negra, vamos a montar otra hoguera" y sin esfuerzo la hale fuera.

Camino a mi casa ella seguía contoneándose como si bailara, reía sin parar y a mí el corazón ya me sonaba más que los tambores. Cerrando la puerta de casa la apreté contra mí buscándola, "¡aguántate! ¡déjame bailar otro rato!" me dijo traviesa.

Era una delicia verla, así que cómo no tener paciencia. Había un montón de ramas en el medio del patio, podadas del cerezo hace varios días, las rocié con ron y les metí candela. En un momento la casa se llenó de sombras que seguían los insinuantes movimientos de la negra.

Negra de fuegoLos tambores se oían cercanos, me senté con la botella y me puse a seguir el ritmo palmeando uno de los tocones que me servían como asientos. Esa hembra me tenía hipnotizado, se reía sin parar y bailaba con un ritmo endiablado, de vez en cuando se acercaba a por un buche de ron que lanzaba sobre la hoguera para ver como se lo agradecía con llamaradas y chisporroteos.

Empezó a desnudarse y a lanzar su ropa al fuego, "¡tu estás loca muchacha!" le grité, pero era incapaz de parar aquel espectáculo que me regalaba el cielo o el infierno, la negra parecía que ardiera, mis manos ya ardían de tanto palmear la dura madera, "¡vente pa'ca diabla!", "¡ya no puedo contener más a quién te está pidiendo!", la negra siguió dando vueltas a la hoguera, desnuda, feliz, la veía como fundiéndose con el fuego... de pronto..., no la vi más.

"¡Negra, ¿dónde estás bandida?!" grité mientras corría a la hoguera, por los pasillos, las habitaciones, el cobertizo, el platanal del fondo... no estaba. Fui a salir a la calle y la puerta estaba cerrada, "¿Por dónde habrá salido esa loca?", "¡no le sé ni el nombre!, ¡y mira que está buena!". En la calle no se veía a nadie, la gente estaba reunida más abajo, en la principal.

Estaba completamente aturdido, debía ser alguna broma muy buena, busqué un tabaco y me fui al chinchorro a terminarme la botella.

Por la mañana pregunté por ella; nadie se acordaba, ni por señas.

Y no he vuelto a verla, pero hay algo que me atrae en las hogueras.

Justo Guerrero


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EL ENTIERRO

Sólo yo sé donde está. Y entiendo ahora lo que se siente. Le doy vueltas y vueltas a los últimos días de mi vida, sé que han sido los últimos porque tengo claro que no voy a despertar. Oigo las voces de los que me rodean y algunos expresan esperanza, pero se nota en todos que sólo aguardan mi final.

Con qué ilusión llegué a esta casa. Llevaba tiempo deseando vivir en un pueblito y había encontrado la oportunidad ideal, una antigua casona de la colonia que, aunque necesitaba restauración, todavía conservaba su esplendor de mejores tiempos. Por un grandísimo portón, antaño paso de carruajes, se accedía a un patio central con matas de semerucos, guayaba, cariaquitos y un corpulento mango que sombreaba su parte central. Rodeando al patio, un corredor, con materos de distintas flores colgando y en sus barandas, bordeaba las distintas salas y habitaciones. Al fondo un gran fogón marcaba el lugar en el que debían haberse cocinado grandes banquetes.

Al cerrar el portón se olvidaba uno del mundo. Ahí no se oía más que el piar de los pájaros que se daban festín con los frutales y apretujaban en los bordes de los bebederos, que habían servido para los caballos y ahora hacían las veces de bañaderos para las aves. El mismo cielo apenas se divisaba entre las ramas del frondoso mango, que dejaba pasar la luminosidad del tórrido sol caribeño pero no su efecto abrasador. Era el refugio perfecto.

Nada más llegar al pueblo, acomodé una de las salas para poder colgar mi chinchorro y arrimar mis pertenencias, tenía que arreglarme mientras duraba el acondicionamiento de toda la casa, y salí a buscar un par de obreros que me ayudaran con el trabajo.

- ¿La casona de Ña'Concepción? Esa lleva añales cerrada – Me dijo el hombre que en la bodega me habían recomendado.
- Pero tal vez tenga usted suerte y encuentre el entierro, acuérdese de mi si le ayudo y lo encuentra.

No entendí como podía ser una suerte que me encontrara un entierro y realmente me preocupó,  - ¿Es que hay alguien enterrado en esa casa?
- No, hombre, no. Un entierro de morocotas.

Poco a poco logré que me fuera contando a lo que se refería, en aquella casa vivía una joven muy adinerada, que había quedado sola, después de que su familia perdiera la vida en el naufragio del barco que los traía de un viaje a España, y que sus criados encontraron una mañana muerta, sin señales de violencia, ni enfermedad que le conocieran, y a la que nunca encontraron bienes a parte de las joyas que usaba normalmente y el caldero con los gastos cotidianos, que se repatieron los criados. Unos sobrinos habían investigado hasta la saciedad buscando donde estaba su fortuna y no pudieron heredar más que la casa, que yo había comprado a unos descendientes. Todos es el pueblo pensaban que ella se había suicidado después de enterrar su fortuna en alguna parte de esa casa. De hecho, me contó que muchas veces los guardias tuvieron que sacar a muchachos que se metían a cavar en el patio buscando las morocotas, pero nada se había encontrado.

Según fue avanzando la obra me olvidé de aquel asunto. La casa estaba quedando de nuevo señorial y como íbamos restaurándola por partes, rematando cada habitación antes de pasar a la otra, ya me había podido instalar cómodamente. Mi novia vivía en la ciudad, pero me visitaba los fines de semana y pasábamos deliciosas veladas en aquel hermoso patio y noches fantasiosas, a la luz de candelabros, en aquel amplísimo dormitorio de altísimo techo de cañas y ventanas con postigos. Todo era como lo había soñado.

Una noche, entre semana, que dormía solo, apareció la que ahora sé que era la niña Concepción. Algo me despertó, y en la puerta vi una silueta, que en vez de recortar su sombra sobre la claridad de la luna, parecía brillar como la luna misma. No me sobresaltó demasiado, la percibí amable, pero al incorporarme cerró la puerta y cuando salí al corredor se había desvanecido. Pensé que había sido el despertar de un sueño pero me extrañó que hubiera tenido que abrir la puerta, yo nunca la cierro.

Al día siguiente llegó Margarita. Fue a dejar sus cosas a la habitación y salió hecha una furia, - ¡Si empiezas a burlarte de mí, hasta aquí llegamos! – gritaba. – ¡Sé que has traído a una mujer y no me mientas! – En vano traté de convencerla de que no me había visitado nadie y de que me explicara de donde sacaba eso,  - ¡Yo lo sé, se nota en el ambiente! – Me costó mucho tranquilizarla, aunque no logré convencerla de mi inocencia. Pero pudimos pasar en paz el fin de semana.

La noche del lunes trataba de conciliar el sueño, pensando en las amenazas de Margarita al despedirse por la mañana, cuando volvió a aparecer la imagen iluminada, esta vez no cerró la puerta al yo levantarme y salí tras ella al patio, cuando creía alcanzarla, casi al pie del mango, se desvaneció de nuevo y apareció junto a la puerta, y la cerró antes de volver a desaparecer. Esperé largo rato un nuevo fenómeno pero nada sucedió, así que volví a la habitación y luego de muchas vueltas pude quedar dormido.

Al la mañana siguiente me desperté con la imagen de un sueño, veía como una joven levantaba las losas del suelo en la habitación en que yo dormía y enterraba debajo un gran cofre. No soy amigo de ese tipo de fantasías, pero fui a mirar el suelo y efectivamente había losas que bien podrían levantarse y volver a colocar sin demasiado esfuerzo. ¿sería un aviso de esa aparición para que buscara su fortuna?. Decidí ver que había debajo de cada losa, pero sin decir nada a nadie. Esa misma mañana, mientras los obreros trabajaban en el otro extremo de la casa, yo, armado de pico, pala y palanquetas empezaba con la primera. Eran unas lajas de un medio metro por lado, pensé en levantar cuatro cada día, cavar un poco debajo, volverlas a colocar y así, poco a poco,  revisar todo el dormitorio.

Al día siguiente volvió la misteriosa figura, esta vez la miré desde la ventana y vi como se acercaba al mango y parecía esperarme, supuse que para hacerme salir y cerrarme el cuarto. Decidí no salir y ahí estuve un rato mirando como la figura inmóvil parecía aguardarme. Pasé toda la noche asomado a la ventana y con los albores se desvaneció el fantasma y… apareció Margarita. Apenas me vio empezó a gritarme, - ¡No vuelvo a esta casa! ¡Has vuelto a pasar la noche con esa mujer! – Esta vez quise explicarle lo que pasaba, y traté de contarle lo del entierro, lo del fantasma… ¡peor!, se puso histérica y decía que el colmo era que me burlara.

Me dio mucha tristeza que se marchara, pero mi interés estaba en encontrar el tesoro y al rato me puse de nuevo a levantar losas, cuando llegaron los obreros tenía ocho levantadas y me inventé que estaba pensando en poner un baño, creo que me creyeron, pero decidí trabajar desde ese momento por la noche.

Esa noche, y durante casi dos semanas, seguí trabajando y viendo como el fantasma aguardaba bajo el mango hasta el amanecer. El último día, mi último día, estaba cavando justo delante de la inmensa puerta de la habitación, y me di cuenta de mi error. El entierro no estaba en la habitación, ¡Estaba bajo el mango!.

Corrí con la pala hacia donde la resplandeciente visión permanecía y ésta se desvaneció. Empecé a cavar frenéticamente en el lugar donde ella siempre aguardaba y no tarde en topar con una tapa metálica. Era un cofre bastante grande que parecía de plata labrada, ya eso valía el esfuerzo. Solo tuve que abrir dos cerrojos para ver que contenía, estaba rebosante de relucientes monedas de oro que supondrían una fortuna.

Había que tomárselo con calma, lo escondería y ya pensaría que hacer con él. Miré hacia la habitación y allí esperaba el fantasma. ¡Claro! Lo enterraría bajo las losas hasta decidir como actuar. No me costó mucho dejar otra vez todo como estaba, barrí, limpié y no se notaba nada. Pero me quedaba el hoyo que había dejado al lado del mango. Me dispuse a taparlo y vi como el fantasma aparecía y cerraba la puerta de la habitación. Creí que aprobaba lo que yo hacía y me apoyé en el tronco para tomar aliento. No recuerdo más que un temblor bajo mis pies y la sombra del inmenso árbol abalanzándose sobre mí.

Ahora pienso en el tesoro que dejé escondido frente a la puerta de mi cuarto, y también en las viejas y oxidadas bisagras que sostienen la pesada puerta de la entrada. Esa puerta puede aplastar a cualquiera si le cae encima.

No, definitivamente no dejaré que nadie disfrute de mi entierro.

Justo Guerrero