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"EL BUEN OJO DE LA TÍA MARTA"

Bajé del tren y sentí una estupenda sensación que me hizo desear poder quedarme un tiempo en ese lugar apacible y relajante. Caminé disfrutando de esa paz hasta llegar a la puerta de las hermanas Pérez. Para una de ellas llevaba una encomienda. Soné el timbre, mas nadie respondió, así que empujé la puerta y me encontré en el salón donde las hermanas disfrutaban de una plácida siesta. Me acerqué a la tía Marta, ella no me vio; bostezando lánguidamente, tomó su ojo derecho y lo depositó en el cenicero que reposaba en la mesita del centro. Yo, al verlo, ahogué en mi garganta un grito de terror, disimulado por una tos nerviosa, y sin poderlo remediar escupí por dos veces en la alfombra. Luego, reclinando su cabeza en el respaldo de sillón, se fue abriendo su boca.

Me quedé en silencio observando tan chocante escena cuando oí un ruido gutural, impreciso, extraño, que venía del lado de la tía Marta. Ella se estaba tragando la dentadura postiza y a punto de asfixiarse. Corrí hacia ella y, sin saber qué más hacer, le dí un fuerte puñetazo en la espalda. La dentadura salió con tal fuerza que fue a parar al regazo de Lola, que asustada levantó las piernas y el zapato derecho salió por los aires, yendo a caer en la bandeja de Antonia que en ese momento entraba con té y galletitas. La tetera de agua hirviendo cayó sobre Antonia y las galletitas y las tostadas enmantequilladas rodaron por el salón. Antonia daba gritos horrendos mientras se pasaba la mantequilla de las tostadas por la nariz que se iba ampollando, creciendo, doliendo...

De pronto un grito escalofriante me hizo volver la cabeza; tía Marta estaba fuera de sí gritando ¡No veo, no veo, estoy ciega! Y, desenfrenada corría por la habitación, rompiéndose la cabeza contra las columnas del salón, extendiendo los brazos y golpeándose con todos los muebles, formando un estrépito espantoso y un desconcierto que aprovechó el perro para comerse el ojo del cenicero.

Marta, en un trance de somnolencia, se había quitado el ojo bueno; Lola, viendo el dolor de su hermana, se arrancó su ojo izquierdo y se lo dió a Marta, mas ese ojo no encajaba en el lado derecho, así que se arrancó el derecho y de un sólo golpe certero se lo encajó en el lado adecuado a Marta. Pero nada se arregló. Yo veía como las tres hermanas, henchidas de dolor, se intercambiaban los ojos buenos y malos mientras el perro escupía los de cristal y absorbía los buenos. La escena era tan dantesca, casi erótica, que mi estómago empezó a resentirse; escupí otras dos veces en la alfombra, mientras las hermanas se arrastraban por el suelo buscando sus ojos inútilmente. Antonia me gritaba que encendiera la luz y yo veia todo nublado, confuso, perdida mi conciencia.

Pensé que si no salía rápido de ahí, mi salud mental estaría en peligro, así que corrí a la puerta trasera y por fin me encontré en el jardín. De allí volé a la carretera.

Ya en camino me di cuenta de que no había entregado a Marta la encomienda. Para cerciorarme de si sería necesario volver, abrí la cajita azul. Contenía un ojo de cristal violeta, como los de Elizabeth Taylor, y recorde que el ojo de Marta era marrón oscuro, y ya nunca más volveria a usarlo, así que levanté mi párpado derecho y coloqué el ojo violeta en mi cuenca vacia.

Ahora lo veía todo de muy diferente color. Miré el reloj, eran las seis y trece; a las seis y quince salía el tren que me llevaría a Denver, esa ciudad acelerada y ruidosa que tanto estaba añorando.

Moraleja: "Ojos que no ven, golpes que te das"

Delfina Haro

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